Anette Azkenazi, arquitecta mexicana y estudiante de fotografía de arquitectura se encargó de organizar todo el viaje a México, seleccionando las obras que fuimos a fotografiar y haciendo todo el trabajo de preproducción desde Barcelona. El éxito que pudieran llegar a tener las fotografías será en parte gracias a su trabajo y buen hacer.
Eduardo, su padre, me invitó un día a comer con su familia en el restaurante que tiene en la avenida Tamaulipas en la Colinia Condesa. Lleva años dedicado a la hostelería pero antes fue fotógrafo de estudio y publicidad. Mientras charlábamos de fotografía me ofreció todo tipo de platos típicos mexicanos. Molcajetes, nopales, cebollitas confitadas, sopa de tortilla y pollo, cecina de rés en salazón y pescado marinado en una salsa roja de textura y sabor dulzón. Todo muy rico y afortunadamente nada que ver con lo que se conoce en España como comida mexicana. Los nopales son hojas de cactus parecidos a las chumberas que abundan por el sur peninsular. De textura gelatinosa los hacen a la plancha y son exquisitos.
Eduardo me dijo que su primo Isaac tenía un proyecto enorme, único en México y que seguro me encargaría un trabajo. "Estoy comiendo con uno de los mejores fotógrafos de arquitectura", le dijo sin pudor. A mí como es natural, se me caía la cara de vergüenza.
10 minutos después el primo Isaac al teléfono, me citaba para una entrevista en su despacho.
10 minutos después el primo Isaac al teléfono, me citaba para una entrevista en su despacho.
Al día siguiente me presenté en su oficina a la hora acordada. Sita en el barrio de Santa Fe, es una de las tantas torres de oficinas de estilo postmoderno que carecen de encanto alguno. En la recepción frente a un mostrador 5 hombres de enorme estatura, desaliñadas barbas blancas, sombreros y levitones negros esperaban su turno para una entrevista mientras charlaban animadamente en Yiddish. Les pregunté por la recepcionista y me dijeron con acento neoyorkino " We don´t speak Spanish".
Puntualmente a la 1 se abrió la puerta y una mujer me indicó el camino hasta el despacho de donde se me esperaba. "Este es un negocio familar", me dijo Isaac saludándome y disculpándose mientras atendía a su padre que llamaba desde Nueva York. En poco más de una hora de charla recibí el encargó fotografíar el parque empresarial que está al norte junto a una antigua zona industrial.
Dice Jorge Legorreta que la ciudad de México no está preparada para los turistas. "Inmensa, mal señalizada y con mal trasporte público es dificil moverse si no tienes carro.Aquí la gente siempre ha venido para hacer negocios".
México siempre fue una tierra de oportunidades. O al menos eso he escuchado siempre. El abuelo de Pablo Etxanobe, ingeniero asturiano, emigró a México en los tiempos en que se iba a "hacer las Américas" y allí se casó con una mexicana de Monterrey. Allí nació Carmen, la madre de Pablo y desde mi adolescencia siempre les he escuchado contar historias de aquel México de los años 40 y 50.
En la casa familiar que tienen en Asturias, Pablo y yo solíamos subir al desván y husmeábamos entre los baules que su abuelo se trajo de México cuando vendió sus fábricas y se volvío a vivir España. Zapatos de golf tipo charlestón hechos a medida, raquetas de tenis de madera, y sombreros panamá sobados por el uso y el tiempo.
Recuerdo especialmente una fotografía en blanco y negro que estaba en la galería del piano (en 1990 pasé con Pablo, Cara y Javier un Octubre como éste. Por la mañana temprano Pablo y yo íbamos a la autoescuela. El resto de los días lo pasábamos bien cortando madera en algún bosque cercano, bien pintando los baños y haciendo todo tipo de chapuzas en la casa. Por las tardes dábamos grandes paseos por los montes en busca de setas que luego preparábamos para cenar. Cara se encargaba de llevar los asuntos de la casa y preparaba dulce de manzana que tomábamos con queso "afugaelpitu". Fué allí en esa galería cuando por las tardes de otoño no sentábamos a escuchar a Javier tocar el piano, donde escuché por primera vez las Variaciones Goldberg).
La fotografía era de una ciudad enorme que no tenía fin, una vista aerea de una avenida de enormes dimensiones que intuyo era del Paseo de la Reforma.
La fotografía era de una ciudad enorme que no tenía fin, una vista aerea de una avenida de enormes dimensiones que intuyo era del Paseo de la Reforma.
En unas semanas volveré a Asturias a fotografiar el edificio que Oscar Nyemayer ha terminado en Avilés. Regresaré a La Mouta en Sama y entonces podré escuchar de Carmen historias de aquél México donde élla nació.

